God Save The Queen Indians ♕

Algunos lo llamarán globalización. Otros, simplemente Ley del Karma. En 1947 se acordó el retiro de los ingleses de la India y en 1950 entró oficialmente en vigor la Constitución de la República de la India, quedando así libre de la colonia británica tras varios siglos de ocupación (injusta, criminal, explotadora). Una ocupación que con el tiempo, y gracias a que forman parte de la Commonwealth, ésta parece haberse invertido.

Los londinenses blancos ya no son mayoría. En 2011 un censo realizado en 348 municipios de Inglaterra y Gales, destacaba el importante aumento del número de británicos de raza negra, asiática o mestiza. Los de raza asiática suponían por aquel entonces el 18,4% de la población londinense y, los ciudadanos de raza negra el 13,3%.

En 1914, indios en el barco de vapor Komagata Maru en Vancouver, Canadá fueron detenidos, y se les negó la oportunidad de desembarcar durante dos meses. Luego fueron forzados a volver a la India debido a los estereotipos que se les imputan.

En 1914, indios en el barco de vapor Komagata Maru en Vancouver, Canadá fueron detenidos, y se les negó la oportunidad de desembarcar. Después fueron forzados a volver a la India debido a los estereotipos que se les imputaban.

Hace unas semanas, por motivos de traslado de vivienda, tuve que hospedarme durante varios días en un hotel de Reading, ciudad de Inglaterra en la que vivo, situada a 60 kilómetros de Londres.


A la mañana siguiente de mi primer día de estancia, el equipo del servicio de habitaciones, formado por un batiburrillo de chicas de origen polaco, español y británico (en este orden, según mi rápida estimación de efectivos), golpeaba mi puerta solicitando entrar. Los españoles en Inglaterra hemos desarrollado un sexto sentido con el que ya nos reconocemos con sólo mirarnos.
Where are you from? le pregunto a la chica, joven, de no más de 20 años, mientras sacude las sábanas de mi cama.
De donde tú me confirma en castellano, fría como el hielo.

Al poco cerré tras de mí y me dirigí a recepción para dejar la llave, caminando a través de los interminables pasillos del hotel. Atravesados o contra la pared, habían carritos aparcados con bolsas de basura, sábanas y toallas, que utilizaban otras limpiadoras vestidas de negro para dejar las habitaciones listas en tiempo récord.

No tardé en descubrir que la supervisora de aquellas dignas tareas de Housekeeping era una mujer de unos 30 años, de origen asiático, a juzgar por sus rasgos y por el acento de su inglés. Inconfundible. Afectado por esos severos golpeteos de lengua en el paladar importados de su Hindi natal. Utilizo aquí el adjetivo «severo» para describir los golpeteos de su lengua en el paladar, porque severa me pareció también su forma de dirigirse al personal de limpieza. Sus órdenes, desde la otra punta del pasillo, sonaban a latigazos; sus bromas pesadas para humillar al personal tenían la capacidad de quitarle el sentido del humor a cualquier trabajador que estuviera a su disposición. Me acordé de la chica española, la que era «de donde yo», mientras salía del hotel en dirección al trabajo.

Concentré los días siguientes de mi estancia en el hotel en materializar mi tediosa mudanza, así como en hablar con el personal de limpieza cada mañana antes de dejar el hotel. No encontraba normal tanta falta de simpatía en sus rostros. Al principio hurgué un poco en las razones que las impulsó a venir a Inglaterra; al rato ya estábamos hablando de lo que me interesaba de verdad: sus condiciones de trabajo como inmigrantes.

Según me contaron ellas, los servicios de limpieza de los hoteles de Inglaterra suelen estar externalizados. En su caso particular, la agencia que les contrataba, cuya sede fiscal figura en Londres, cubría varias de las mejores cadenas de hoteles Nacionales e Internacionales. Los supervisores y Managers (encargados) son de origen Indio, mientras que las chicas de la limpieza son predominantemente polacas, rumanas y españolas. También cuentan con alguna que otra inglesa sexogenaria entre sus filas, pero ni rastro de limpiadoras “asiaticas”.

¿Te duele la espalda, verdad? No me das ninguna pena.La gobernanta de un hotel a una limpiadora española

Entre las vejaciones que han de soportar al mando de sus Managers, están las mofas hacia el cansancio físico derivado de su duro trabajo: «¿Te duele la espalda, verdad? No me das ninguna pena», fue lo que le dijo una asiática encargada a Rosa, una extremeña de 21 años recién llegada. «Nos pidió a las ocho que trabajamos aquí que le diésemos la vuelta a los colchones de todas las habitaciones». Al preguntarle cuántas habitaciones tenía ese hotel en el que yo me hospedaba, respondió: «Más de 200». «Eso sale a más de 25 colchones por cabeza», les digo, «teniendo en cuenta que deben de haber habitaciones con más de una cama». Algo que ellas me confirman y que no dudan en denominar esclavitud.


«Luego nos hacen fregar el suelo de los baños de rodillas, frotando a dos manos como antiguamente», me cuenta Helena, una rumana de 27 años en un perfecto español. Lo cierto es que en Inglaterra se ven pocas fregonas, recuerdo yo mientras la escucho.
«Yo me vine de España hace cuatro años», continúa Helena. «Vivía en Alcalá de Henares y me quedé en paro. Estaba en una agencia de viajes. En la vida pensé que acabaría viniendo a Inglaterra para verme en estas condiciones».
«Aquí, así como en otros hoteles en los que he trabajado, hay mucho bullying psicológico. Los jefes se creen con el derecho de abusar de su autoridad y eso al final te acaba pasando factura emocional», añade Rosa, que no viaja a España ni ve a sus padres desde las pasadas Navidades.

El caso es que la lista de abusos no termina ahí. En cierto modo, y especialmente para quienes trabajen en el sector de la limpieza, quizá no vea abuso alguno en estas tareas. Pero para mí, que trabajo frente a un ordenador de lunes a viernes, no deja de parecerme injusto. Sobre todo al comprobar que compatriotas mías o no, con estudios o sin ellos, están dejándose la salud y la dignidad en los suelos de hoteles ingleses, subyugadas bajo un esclavismo impuesto por la inmigración asiática.

Variedad étnica durante una concentración masiva en el barrio Notting Hill de Londres

Variedad étnica durante una concentración masiva en el barrio Notting Hill de Londres

La cosa se pone seria, a la vez que fea, cuando otra española que escucha callada se lanza a compartir su testimonio como esclava: «Tenemos supervisores asiáticos masculinos que nos preguntan si los encontramos guapos o si tendríamos relaciones sexuales con ellos», me cuenta María (cuyo nombre no es real, por temor a perder su empleo). En su rostro se dibuja una expresión de humillación difícil de encajar. «Entran en la habitación disimulando que inspeccionan nuestro trabajo, y después cierran la puerta para empezar a preguntarnos esas tonterías», continúa. «Alguna vez, cuando cansada y enfadada les he dicho que me dejen en paz, me piden que baje la voz para que nadie de fuera se entere de lo que me dice», apostilla. Todas sus compañeras asientan con la cabeza corroborando su testimonio, pues hemos ido alternando idiomas a lo largo de nuestra charla pero todos nos hemos entendido.

Ya en el vestíbulo, los dedos me hierven y busco un sitio cómodo en la cafetería del hotel para abrir mi portátil y comenzar a escribir, así como a realizar búsquedas en Google. Entre los resultados aparecen cifras demográficas en Inglaterra, de inmigración, listas de etnias predominantes y otros datos necesarios para completar este artículo. Entre todo ello, una noticia alarmante:
El 75% de los violadores en West Midlands son “asiáticos” y el 82% de sus víctimas son chicas blancas menores de edad.
Nótese que asiáticos está entrecomillado, porque escribir «indios», «hindúes» o «musulmanes», sería rechazado de plano por racista a ojos de la hipocresía británica.

Más tarde, y en la línea de los resultados de búsqueda anteriores, me topo con un artículo de la BBC que recuerdo haber leído en el tren meses atrás:
Half of women ‘sexually harassed at work’ – TUC survey.
O también por La Vanguardia, cuya traducción es similar:
Un 52 % de las mujeres británicas sufre “acoso sexual” en el trabajo.
Para resumir y evitarte seguir los enlaces, en ambos artículos se dice que una de cada ocho de esas mujeres afirmó que alguien de su trabajo había intentado besarla, había sido víctima de comentarios sexistas o subidos de tono en referencia a su cuerpo o ropa, y que cuatro de cada cinco mujeres prefiere callar antes que denunciar… Cuatro de cada cinco equivale a un silencio brutal.

Titulares en prensa británica sobre el abuso sexual de mafias musulmanas y asiáticas a mujeres y niñas inglesas

Titulares en prensa británica sobre el abuso sexual de mafias musulmanas y asiáticas a mujeres y niñas inglesas

Indignado como ser humano, como huésped del hotel y como compatriota de algunas chicas que he dejado limpiando mi habitación, escribo un email esa misma mañana a la agencia de limpiadores para la que trabajan Rosa, Helena y María para contrastar información.
La respuesta del Managing Director (director general de la empresa), también asiático, o indio, o hindú, dice así: «Nuestra compañía tiene una política de tolerancia cero en la intimidación y el acoso». También me recuerda que yo, como mero cliente del hotel y no como representante legal de ninguna de las trabajadoras a las que digo haber escuchado quejarse del trato que reciben, no soy nadie para poder discutir conmigo asuntos laborales de índole interna:

Email de respuesta del Director General de la empresa de limpieza

Email de respuesta del Director General de la empresa de limpieza

La mañana de mi último día de estancia, concluye con el intercambio de teléfonos entre algunas compatriotas y yo. Pronuncio todos los mensajes de apoyo que me vienen a la cabeza, cuelgo mi mochila y me despido.

Se me ocurre aconsejarles que busquen ayuda legal para proteger sus derechos. «O reportad directamente cualquier abuso y acoso en la comisaría de policía», les digo. Aunque rápidamente caigo en la cuenta de que algunas no tienen idioma ni para pedir un café con leche. No las veo buscando caras asesorías jurídicas al precio que cobran la hora (£6.35) por girar colchones o frotar de rodillas el suelo de los baños de esas habitaciones, a miles de kilómetros de sus padres y patria. «Lo único que conseguiríamos con eso es que nos echen a la calle a todas. Tengo facturas que pagar», concluye María.

Con gesto grave, agarro también mi equipaje de mano y cruzo el pasillo; entre carritos de limpieza, entre gritos de la gobernanta a su asustado pelotón de chicas.

 

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