Siempre que me encuentro escuchando mi música en compañía de algún amigo y de pronto suena Blowin in the wind, The Times they are a Changin, o Like a Rolling Stone, inmediatamente soy preguntado por quién es ese tipo estridente que canta como una oveja y sopla una irritante armónica al ritmo de unos básicos acordes de guitarra. Respondo orgulloso, y hoy más, que se trata de Bob Dylan, mi “padre intelectual”.

Yo entiendo que cualquiera que escuche Pop contemporáneo no conciba la idea de tener en su iTunes música de este tipo, pero los que hemos crecido rodeados de vinilos heredados, no podemos de ningún modo dejarlos fuera de nuestras listas de reproducción.

Ya lo he comentado antes, en mis libros y otros posts, pero lo repetiré una vez más aquí a riesgo de ser redundante: yo crecí escuchando a los Beatles y a Bob Dylan. Gran parte de mi inglés (al menos su comprensión) se lo debo a ellos. Cuando eres un niño y te encuentras a mediados de los 90 con 14 años recién cumplidos, encerrado en tu habitación con una guitarra regalada, escuchando a un tipo que, más que por tu afinidad cultural, temporal o incluso musical con él, lo que te une es un deseo de saber qué acordes toca, acabas, tarde o temprano, de forma irremediable, acercándote a su cultura, a su tiempo y a su música. Eso es lo que me ocurrió primero con los Beatles y después con Dylan.

La barrera del idioma la traspasé, a falta del traductor de Google, con un buen diccionario (concretamente el Langenscheidt Inglés-Español, Español-Inglés, mi favorito, aunque sea éste de origen alemán) junto con mis limitados conocimientos de su lengua.

Bob Dylan recibiendo la Medalla de la Libertad por Obama en 2012

Bob Dylan recibiendo la Medalla de la Libertad por Obama en 2012

Descubrí que, tanto su poesía, como las rimas, sus letras, acompañadas siempre de una música incisiva, repetitiva, sin arreglos otros que el rasgado contínuo o el arpegio de las cuerdas de su acústica, eran capaces de transportarme a Estados Unidos de América y comprender los mensajes, las protestas, las provocaciones e instigaciones que hacía a la gente de su tiempo. Una gente que, quiera o no, son hoy también reflejo de la de mi tiempo. 1960 y 1994 no eran ya años tan diferentes. Y comprender el mundo en que estás empezando a vivir, cuestionarlo, plantarle cara a através de la visión que comparte contigo un icono del Rock, capaz de moldear y enriquecer tu punto de vista sobre la vida, es, créeme, una lección y un privilegio impagable.

Literatura es contar aquello que se quiere decir sin que se vea la intención del autor, evocar imágenes, no contarlas; educar sin clases, sin maestros; mostrar sin enseñar. A diferencia de la educación académica, el arte, y en particular la literatura, nos forma a través de los años como ningún profesor hará jamás. Porque no se trata de memorizar fechas o estudiar momentos históricos. El nivel cultural de alguien no debería medirse por su capacidad de puntuar en un examen su capacidad de retención de libros de texto. A mí, la auténtica lección que me interesa aprender es la que hay presente en la literatura de las letras de Bob Dylan, o la de cualquier otro autor de novelas —haya recibido o no el prestigioso Nobel—.

Últimamente veo a mucha gente pavonear a los cuatro vientos estar en posesión de tres carreras, un Master y mil post-grados, cuando en cambio nunca han leído a William Faulkner, no saben quién es Leon Tolstoi, y William Shakespeare les suena familiar “gracias” a Leonardo Di Caprio en aquella experimental y mediocre adaptación cinematográfica de Romeo y Julieta (1996).

Me atrevería a decir que el Premio Nobel a Bob Dylan llega demasiado tarde.Joaquin Sabina

Lo que viene después de su concesión, la actitud de Dylan tras saberse ganador de un Premio que hasta él, probablemente, cree no merecer o que sencillamente le importa tres pimientos recibir, es cosa aparte. Quien conoce a Bob y ha seguido su trayectoria, sabe que la provocación y la controversia están siempre presentes en él. ¿Qué esperáis que haga un tipo de 75 años que tiene el culo pelado de ver un mundo podrido a lo largo de varias generaciones, que ha cantado a favor de la integración de los negros, opuesto a la guerra de Vietnam o mojado (como pocos artistas hicieron) a favor de la liberación de un boxeador como Hurricane Carter? ¿Qué reacción esperáis de un tío que llena un teatro y apenas se dirige a su fiel audiencia y canta como le sale de las pelotas?

Demien

En El Pequeño Demien, el primero de los cinco relatos que conforman Lejos de Algún Lugar, tiene, en honor a mi “padre intelectual”, un personaje llamado Dylan. ¿Te animas a conocerlo?

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